Descubrir a un vibrante escritor detrás de un roquero impenitente
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Escrito por Javier

El tricantino José Ángel González Linares ha recibido el primer premio de mano de la Agrupación segoviana de trasportistas (ASETRA) en la categoría abierta, sin restricciones, de ‘Relatos sobre ruedas’ por el relato «Un autoestopista en el camión de Edward».
Felipe Gallego, también tricantino, ha escrito una pequeña reseña sobre este relato.
Edward, un arriesgado camionero que ha de cruzar la España franquista recoge a la salida de una gasolinera madrileña a un adolescente de Laguna de Contreras.
Sus caminos se han unido por necesidad, el camionero que transporta, no sé qué mercancía, desde el balcón de un camión inglés, a su país natal, la malhadada Albión y un segoviano, que camina sobre el Puente de Aguas turbulentas, para llegar a sus quehaceres formativos.
No me canso de leer esta pequeña joya literaria, breve y vibrante que me cuenta la historia de dos personajes tan distantes y que la generosidad de un bebedor de cerveza caliente ha juntado en este singular viaje.
Por una parte, un inglés que viaja para ganarse la vida, conduciendo un vehículo de derechas, por las serpenteantes y grises carreteras, herederas del desarrollismo español. No me puedo dejar de sorprender como este hijo de Wellington se metió en este lio, estoy seguro, que cuando acabó su aventura española la debió contar mil veces, en su pub de descanso, para explicase así mismo, como fue capaz de salir vivo de esta aventura.
Los ingleses que atravesaban las tierras castellanas solían ser nostálgicos del sol y algún aventurero, más leído, que quería emular al vendedor de biblias que se pateó la España agotada por su historia. Edward, no debía ser ninguno de estos, sino un sacrificado conductor al que le habían dado una misión imposible, atravesar la rugosa España con el volante a la derecha, para llevar cualquier pieza salida de las fábricas de Bristol, para completar, por ejemplo, una necesitada turbina.
Por la otra, a un joven español que está obligado por su compromiso de formación. Él, Ya, era sabio, pues a cada cruce revela en su memoria la historia de ese pueblo o de esa ermita derruida por el peso de los años o en cada curva se descubre recitando, a modo de rezo, los versos tiernos y admirables del Machado soriano.
Pero estoy casi seguro que antes y después de cada curva puso su alma a buen recaudo, no ya del santo poeta, sino de San Roque, porque el camino del cielo estaba gravilloso.
Según nos cuenta el joven protagonista, descubrió en una caja metálica la suficiente música para atravesar la galaxia haciendo autostop, sin dejar de canturrear. Él y el veterano funambulista tuvieron su entrañable travesía, hasta las puertas de Segovia, hablando, entre esforzadas maniobras, rezos y palabrotas inglesas, del rock y el pop, del que Led Zeppelin fue protagonista hasta la curva que los dejó a los pies de la escalera al cielo.
Los verdes guardianes del asfalto dieron buena cuenta de su incidente y ellos, ya, náufragos, fieles custodios de su varado velero con el volante a la derecha, se despidieron silbando a dúo una tonadilla castellana.











