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17 de mayo de 2025

Cuando el cuerpo recuerda lo que la mente no puede: respuestas del sistema nervioso ante el trauma

Artículo de opinión de Rocío Peces Morera. Psicóloga Sanitaria. Especializada en trauma y apego. Aperta Psicología y Bienestar.

Psicología

Algunas experiencias nos sobrepasan. Nos desbordan emocional y corporalmente, y no siempre tienen que ver con un suceso extremo o puntual. A veces, el trauma nace del silencio, del abandono, de la soledad emocional mantenida en el tiempo. Y aunque creamos que “ya pasó”, muchas veces el cuerpo sigue reaccionando como si el peligro o aquello que me hacía daño estuviera presente. No se ha interiorizado realmente ese “ya pasó y ahora estoy a salvo”.

Desde la neurobiología del trauma, sabemos que cuando algo se vive como una amenaza y no contamos con recursos suficientes para afrontarlo, el sistema nervioso pone en marcha respuestas automáticas. No se trata de decisiones conscientes, sino de mecanismos de supervivencia. El problema es cuando estas respuestas se cronifican, apareciendo una y otra vez, aunque ya no exista una amenaza real.

Estas respuestas pueden organizarse en distintos sistemas:

  • Lucha: El cuerpo se activa para defenderse. Sentimos rabia, tensión muscular, necesidad de controlar. Puede expresarse como irritabilidad, hostilidad o conductas impulsivas.
  • Huida: El impulso es escapar. Aparecen la ansiedad, la hiperactividad, la dificultad para parar. Vivimos en modo “resolver rápido y salir corriendo”.
  • Congelación: No hay acción. La mente se bloquea, el cuerpo se paraliza. Puede sentirse como confusión, apatía, inhibición o desconexión emocional.
  • Disociación: Es un mecanismo más complejo. La persona se “desconecta” mentalmente de lo que ocurre. Puede sentirse fuera del cuerpo, o como si lo que vive no fuera real. Aunque en ciertos contextos puede ser un recurso necesario para protegernos, si se mantiene en ausencia de peligro real, puede dificultar el contacto con uno mismo y con las emociones.
    Colapso: El sistema nervioso se apaga. Aparece una sensación de vacío, fatiga extrema, falta de energía. Es el cuerpo diciendo “basta”, aunque el entorno no entienda por qué.
  • Somatización: Lo emocional no expresado puede instalarse en el cuerpo. Dolores, tensiones, molestias digestivas o cansancio persistente sin una causa médica clara. Es el cuerpo intentando poner voz a lo que no ha podido ser nombrado.

Todas estas reacciones tienen algo en común: son respuestas normales ante situaciones anormales. No hablan de debilidad, sino de supervivencia. Como señala Bessel Van Der Kolk en El cuerpo lleva la cuenta y el trauma no solo se almacena en la memoria, sino también en los músculos, en la respiración, en la forma en que nos relacionamos con el mundo.

La buena noticia es que, del mismo modo que el cuerpo guarda la huella, también puede participar en el proceso de reparación. Terapias como el EMDR, que trabajan de forma específica con las respuestas traumáticas, ayudan a integrar lo vivido y a devolverle al sistema nervioso una sensación de mayor seguridad. No se trata de forzarse a cambiar, sino de comprender qué nos ocurre, acompañados por un psicólogo y/o psiquiatra especializado en trauma, para ir poco a poco regulando lo que antes fue pura supervivencia.

Rocío Peces Morera. Psicóloga Sanitaria. Especializada en trauma y apego.

Aperta Psicología y Bienestar


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